Por Miguel Caballero 
Fundador de Purgante

Mientras me preparo para ir a la presentación de Natalia, advierto que tengo el ritmo acelerado. 
Quizá, pienso, por tener que ir al centro en coche y volver cuando haya oscurecido –procuro no hacerlo desde hace tiempo—. O quizá, más bien, por esta maldita empatía que me eriza los nervios: me imagino el estado de ánimo de Natalia y mis signos vitales lo emulan al instante, como quien bosteza al ver otro bostezo. Sé que también ella debe estar nerviosa, aunque pretenda lo contrario, aunque se haga la dura y finja que nada de lo que ocurra en este pueblo chico puede afectarle realmente.

Daniel Saldaña París; El baile y el incendio


De camino en el taxi, pienso en la felicidad que estoy a punto de vivir. Han pasado siete años desde que inició este viaje llamado purgante (un proyecto nacido en Puebla) cuya premisa fue, es y será por siempre la de ser un espejo para aquellos escritores relegados al ostracismo literario.

Porque, como alguna vez dijo la escritora estadunidense Katherine Neville: «Pueden impedirte ser un autor publicado, pero nadie puede impedirte ser un escritor, o incluso ser mejor escritor cada día. Todo lo que tienes que hacer para ser un escritor es escribir».

Y también, porque en algún momento de nuestras vidas, todos, absolutamente todos, necesitamos contar una historia.

Aquella idea, aquel sueño, evolucionó a tal grado, tendió un lazo tan fuerte entre Puebla, México y el mundo, que no tenía escapatoria, salida, ni final alguno más que convertirse en un libro.

Aquel libro sería un puente. Un puente para unir historias. Un puente como metáfora. Un puente entre formas de pensamiento y de escritura. Porque al final, de eso se trata la literatura. Porque, como dice nuestro querido Ricardo López Si (director editorial de esta comunidad y brillantísimo escritor de viajes): ¿qué somos sino puentes?

Puentes, nuestro libro antológico (editado por la editorial mexicana Gato Blanco), se convirtió en realidad hace casi un año y este sábado 23 de abril, por fin vería la luz en su casa.

Minutos antes de las cinco de la tarde, hora pactada para el inicio de la presentación del libro, hay poco más de veinte sillas distribuidas en el pasillo que conecta a la Biblioteca Palafoxiana con el Museo Taller Erasto Cortés (MUTEC), lugar que arropa el evento y cuyo muro final, de tono entre naranja y amarillo, habla del legado del célebre grabador poblano:

«Erasto Cortés no guardó ni acumuló sus obras, pues una vez realizadas las hacía circular y llegaban a un suplemento cultural, a un periódico mural, a una exposición colectiva, a un calendario histórico, a un libro que requería ser ilustrado. Más que buscar reconocimiento para sí mismo, solicitaba ratificación de la existencia del grabado como expresión vital y renovada». Sin el menor temor a equivocarme, sonrío y pienso que es perfecta para lo que viene a continuación.

La gente llega al lugar. Elige un asiento. Sonríe. Algunos se reconocen por debajo del cubrebocas. Otros se reencuentran y se abrazan, charlan, ríen, quedan de platicar al final. Otros aguardan pacientes, a pesar de la demora que llega casi a los veinticinco minutos.

Y otros (yo), alargamos el tiempo (como si eso fuera posible), para saludar una y otra vez; para que no quede una sola silla sin ocuparse; para hacernos los duros y fingir que nada de lo que ocurre puede afectarnos realmente.

Pienso en Leila (Guerriero, no mi gata, que por cierto lleva ese nombre por la periodista y escritora argentina). Pienso en ella, o mejor dicho, pienso en aquella frase que forma parte de uno de los textos de su preciosa antología Teoría de la gravedad: «Ayer me llamaron de una radio, me preguntaron para qué sirven los libros. Debo haber respondido alguna estupidez. Lo que debí haber dicho es que los libros sirven para una sola cosa: para salvarnos la vida».

Respiro. El micrófono se enciende. Se hace un silencio cómplice en el lugar. 
La felicidad está hecha de puentes.