Frente al pódium, la voz de Lilia Cedillo suena pausada pero firme. A sus espaldas y a sus lados, una pantalla divide el escenario en dos realidades convergentes: de un lado, la figura institucional de la rectora; del otro, un mosaico en movimiento de jóvenes que sonríen, estudian, hacen deporte, tocan la jarana o analizan fórmulas en un laboratorio. Es la comunidad viva de la BUAP en un día cualquiera de su vida académica.

El informe de labores avanza, pero hay un momento en que el protocolo cede paso a una definición sobre la sustancia de la vida universitaria. Cedillo se detiene en dos conceptos fundamentales que resumen el espíritu de la universidad pública: la tranquilidad para laborar y la libertad para la creación del pensamiento.

"Para ello requerimos tranquilidad para trabajar y libertad para pensar", pronuncia la rectora ante el auditorio. La frase no es casual; en ella hila la razón de ser de la autonomía universitaria. Para la investigadora y académica, gobernar la universidad no significa aislarla en una torre de marfil, sino defender el espacio donde las ideas se contrastan sin cortapisas ni presiones.

Sin embargo, en el discurso de la rectora la autonomía no se traduce en ruptura, sino en tender puentes. Mientras en la pantalla las imágenes mostrabam a estudiantes de ingeniería, atletas universitarios y jóvenes deportistas de artes marciales en entrenamiento, Cedillo trazó el rumbo de la relación institucional con las autoridades del estado y el país.

La autonomía, explicó, cobra sentido cuando se ejerce en un entorno de "confianza, respeto y diálogo". Desde esa tribuna, la rectora refrendó la mano extendida de la BUAP hacia el gobierno estatal, la federación y las alcaldías. No por concesión, sino por convicción de que el conocimiento generado en las aulas debe volcarse hacia el exterior.

Al final, la premisa que quedó resonando en el recinto fue clara: la libertad de pensamiento dentro de los muros universitarios es el insumo indispensable para construir, afuera, una mejor sociedad.